Mindfulness y Neurobiologia (4ª parte)

Existen un número elevado de trabajos realizados con la metodología científica y neurobiología, cuyos resultados conforman una visión esperanzadora sobre los beneficios que la práctica del mindfulness puede suponer en su aplicación a la práctica clínica y la vida diaria.

Presentamos un breve resumen sobre los resultados obtenidos en diversos estudios expuestos en el artículo de Vicente Simón, publicados en la Revista de Psicoterapia, XVII, nº 66/67 Mindfulness y Neurobiología.

Destacamos el estudio de Richard Davidson y colaboradores (2003) que estudiaron la actividad cerebral de 25 sujetos experimentales normales (empleados de una empresa de biotecnología) que fueron sometidos a un programa de MBSR (Mindfulness Based stress Reduction) durante un período de 8 semanas, llevado a cabo por el propio J. Kabat-Zinn. El EEG de los sujetos fue registrado en tres ocasiones; antes de las 8 semanas de tratamiento, inmediatamente después del tratamiento y cuatro meses después de finalizar el tratamiento. Lo que Davidson y colaboradores encontraron fue que los meditadores, en comparación con los no meditadores, experimentaron un mayor incremento de la activación cerebral izquierda en las zonas cerebrales anteriores y medias, un patrón que se asocia no sólo a un estado de ánimo más positivo, sino también a una reactividad aumentada a los estímulos emocionales positivos, a una mayor habilidad para afrontar estados de ánimo negativos y para suprimir voluntariamente el afecto negativo.

Otro posible área de influencia de la práctica de la meditación serían los mecanismos inmunitarios, como así lo muestran, Richard Davidson y colaboradores en el trabajo ya comentado anteriormente (Davidson y cols. 2003). Además de registrar la actividad electroencefalográfica, como antes hemos visto, todos los sujetos del estudio (meditadores y no meditadores) recibieron una vacuna antigripal. Se encontró que, aunque todos ellos experimentaron incrementos en estos niveles, los sujetos pertenecientes al grupo los meditadores tuvieron incrementos en los niveles plasmáticos de anticuerpos significativamente mayores que los sujetos del grupo control. Es decir, que la magnitud del incremento de la lateralidad izquierda predecía la magnitud del aumento de anticuerpos, subrayando así la relación entre ambas variables.

Por otra parte, otra hipótesis relacionada con la práctica del mindfulness es respecto a la existencia de datos experimentales que demuestren que con esta práctica se pueden producir cambios cerebrales duraderos. Bueno, pues en el artículo de Vicente Simón, se hace referencia a dos trabajos significativos respecto a este aspecto. El primero es el trabajo de Sara Lazar y cols. (2005) del Massachusetts General Hospital. Se trata del primer trabajo que demuestra la existencia de cambios estructurales en el cerebro con la práctica de la meditación. En este trabajo se estudiaron, con Resonancia Magnética, los cerebros de 20 voluntarios occidentales que poseían una amplia experiencia (unos 9 años de media) en Insight Meditation o meditación Vipasana. El resultado más destacado del estudio de Lazar es que en ciertas zonas de los cerebros de los meditadores existía un espesor mayor de la corteza cerebral (en comparación con los cerebros de sujetos controles adecuados)., zonas asociadas a la actividad interoceptiva ya la conciencia de la respiración y con la atención sostenida. Este trabajo de Lazar y colaboradores demuestra que la experiencia de mindfulness, no sólo provoca cambios funcionales transitorios, sino que también deja huellas estructurales en el cerebro. Lo que quiere decir que, la experiencia de la meditación, si es lo suficientemente prolongada, acaba produciendo cambios de rasgo, no meramente de estado. El segundo estudio que refuerza la idea de la transición del estado al rasgo es un trabajo muy reciente de Brefczynski-Lewis y cols. (2007). Estos autores estudiaron, con resonancia magnética funcional, la actividad cerebral en dos grupos de meditadores, unos expertos y otros novicios, que practicaban la concentración de la atención sobre un pequeño punto en una pantalla. Una de las conclusiones más importantes del estudio es que la activación de redes neuronales relacionadas con mecanismos de atención sostenida, se producía de manera diferente en función de la experiencia meditativa de cada uno de los subgrupos en que se dividió la muestra. Lo que sugiere que cuanto más experto se es, menos esfuerzo cuesta conseguir el estado de concentración, ya que las redes neurales necesarias son anatómicamente más robustas.

Por tanto, la investigación neurobiológica confirma que al practicar mindfulness estamos propiciando un cambio inmediato en nuestro estado mental y que si la práctica se prolonga durante bastante tiempo, lo que al principio no era más que una modificación funcional transitoria, se convierte en cambios permanentes en la estructura cerebral, cambios que acaban modificando una gran cantidad de comportamientos y formas de reacción del individuo, por lo que tienen un efecto multiplicador sobre su vida y sus relaciones interpersonales.

Sabina Pastor Núñez

Psicóloga en prácticas en Astarté

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